Balas, muerte y venganza: cómo es la guerra por el control del negocio narco en la Villa 31

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La guerra narco en la Villa 31 no para de sumar víctimas fatales. Es una rueda de muerte y venganza que lleva varios años y no deja de girar. En las últimas semanas hubo al menos seis asesinatos, entre ellos el caso de un oficial de la Policía de la Ciudad que fue acribillado a pocos metros de un destacamento.

Por esta seguidilla de crímenes y enfrentamientos armados, la fuerza porteña sumó más personal (hay efectivos del Departamento de Operaciones Urbanas de Contención Antidisturbios –Doucad–), redobló los rondines, y llevó a cabo varios operativos de control en los accesos con canes detectores de drogas. Empero, la tensión y el pánico de los vecinos que viven ajenos a esta disputa sigue a flor de piel.

En el asentamiento funcionan cinco destacamentos y una base central de policía. En la actualidad más de 220 efectivos están afectados a la seguridad del barrio. Sin embargo, la presencia de los uniformados en los pasillos angostos no es garantía de paz.

La disputa es por el control del negocio de la droga. Es a toda hora. Y a sangre y fuego. Las paredes de las casas ubicadas en las manzanas que presentan mayor conflictividad (como la zona de la Plaza de los lápices o el paredón de la muerte) exhiben los rastros del plomo.

En la villa más antigua de la Ciudad de Buenos Aires viven más de 40 mil personas. El asentamiento está formado por 115 manzanas divididas en 13 sectores. Y lo que pasa en la villa queda en la villa.

Los que pelean son dos bandos formados por narcos de nacionalidades distintas: los paraguayos (conocidos como “Los sampedranos”, porque sus principales miembros son originarios de la ciudad de San Pedro) y los peruanos (que responden al “Loco César”).

Hay pintadas y carteles que hablan de la guerra: “Peruano que pasa, peruano que muere”, se advierte en cercanías a las vías del ferrocarril.

“Esto nunca fue Disney, pero ahora está peor que nunca”, cuenta a PERFIL un vecino que reside hace muchos años en el asentamiento de Retiro, y sentencia: “Después de las 8 de la noche no se puede caminar”.  “Vivir acá es vivir con el corazón en la boca. Entrar entrás, pero lo que nunca sabés es si vas a poder salir”, grafica la misma fuente.

Desde el gobierno porteño le bajan el tono a la seguidilla de asesinatos. Aseguran que “no afecta la seguridad” de los vecinos del barrio.

La ola de violencia y crímenes sanguinarios en la 31 no es nueva. En marzo de 2018, en la manzana 110, prendieron fuego tres cadáveres en un carro de cartonero. Eran Robinson Pachau Quille (28), su esposa, Liz de La Cruz (27) y Gerson Fernando Mendoza Silva (22), asesinados a tiros y descuartizados.

En mayo del año pasado, hubo un doble crimen en el interior de un bar que funciona en la manzana 113: Héctor Morán de La Cruz, alias “el 28” y hermano del “Loco César”, y Andrés “Lelo” Paredes Castillo fueron ejecutados de varios disparos.

En las últimas semanas, además de los seis asesinatos (que incluso podrían ser más), hubo varios ataques armados que dejaron víctimas inocentes, como el caso de una nena de 12 años herida de bala en una pierna.

El oficial Rodrigo Jonathan Irala, de 33 años, prestaba servicio en la Comisaría Vecinal 1E de Puerto Madero. Lo mataron este martes a las 3 de la madrugada en la manzana 115, el mismo lugar donde hace cinco años ejecutaron de diez disparos a un narco y le cortaron los dedos porque había robado droga.

La versión más fuerte indica que a Irala lo asesinaron por quejarse de la calidad de la cocaína que presuntamente había comprado.En esa zona de la Villa 31 manda la banda del “El Loco César”, un sanguinario narco peruano de 42 años condenado a prisión perpetua, pero que todavía sigue manejando el negocio de la droga y también decide sobre la vida de muchos habitantes.

Según cuentan, es común que su gente desaloje a las familias para convertir sus casas en aguantaderos.

“El Loco” es César Morán de la Cruz. Son miles las historias que se cuentan sobre este hombre nacido en Lima. Desde que mató a más de veinte personas para obtener la bendición de sus superiores, hasta que en la cárcel cuenta con un ejército de presos a disposición que lo atienden como si fuera su patrón, a cambio de dinero y otros beneficios.

En 2012, fue condenado a 15 años de prisión por un crimen ocurrido en la Villa 31, y el año pasado volvió a ser juzgado por instigar un asesinato en el partido de Moreno. Esta vez sí le dieron perpetua.

Pese a ello, sus soldados siguen respondiendo sus órdenes y cuidan el negocio en la villa, aunque dividen fuerzas con la otra gran banda: la de “Los sampedranos”.Según las fuentes consultadas, los paraguayos controlan una de las zonas más conflictivas de la villa: el sector comprendido por las manzanas 99, 105, 107 y 102 de la Villa 31 bis, a pocos metros de la Casa del Pueblo y la Plaza de los Lápices, donde el 15 de febrero pasado asesinaron a tiros a Moisés Kevin Granados Ayala (24), alias “El Che Pequeño”.

En julio del año pasado, el juez federal Ariel Lijo marcó 77 objetivos con un solo objetivo: debilitar a los “Sampedranos”. Llegó con 64 órdenes de arresto, pero solo logró capturar a 18 sospechosos. Se llevó 1.715 dosis de cocaína y 39.212 de marihuana, entre otras drogas, pero no fue suficiente.

En 2016, este mismo juez ubicó los domicilios que eran protegidos por los soldados del “Loco César” y barrió con varios de sus miembros. Sin embargo, ninguna de estas bandas dejó de operar. Ni de apretar gente. Ni de tirotearse. Ni de matar. Todo sigue como entonces. Todo muy normal.