Caso Micaela: pensemos la violencia

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Gracia Jaroslavsky (*)

Todos deberíamos tener un vivo interés por lo que ocurre a nuestro alrededor, la división, el vandalismo, la violencia, la falta de honradez, la escasa virtud del comportamiento humano.

La agresión contra la mujer es consecuencia de todo ello, la sociedad alterada se descarga con los más débiles. ¿Qué puede hacer uno en este contexto?, no como individuo, ya que como seres humanos somos colectivos, somos el resultado de distintas influencias colectivas, compulsiones, condicionamientos.

¿Que ha de hacer un ser humano en cuanto a su condición social cuando se enfrenta cara a cara con este problema?

La primera cuestión es analizar el pensamiento, porque nuestro pensamiento construye la realidad.

Cuando ocurren hechos como la violación y el asesinato de una niña el pensamiento colectivo se rige por la emoción. Sentimos odio, indignación, miedo, buscamos culpables, nos movilizamos, reclamamos a otros, lo que como sociedad no hemos podido afrontar.

La emoción no ayuda en nada a ver la verdad, a entender la realidad, la emoción sólo aviva sentimientos sobrecargados de juicios y calificaciones que siempre se refieren a los otros, no a nosotros.

Si nos despojáramos de la emoción y sólo observáramos los comportamientos, empezaríamos a abrir nuestra conciencia al cambio. Todas las cosas que el hombre ha acumulado en el tiempo, creencias, mitos, temores, dogmas, todo el sufrimiento, el dolor, todo lo condiciona, todo condiciona su conciencia.

Pongamos un ejemplo simple, una familia de inmigrantes cuyos antepasados vivieron las hambrunas: en esa casa seguro que no se desperdicia ni una hogaza de pan, no quedan restos en los platos de la mesa familiar.

Así se construye la conciencia, con esa transferencia osmótica de pensamientos. No está mal ni bien, sólo debemos entender el proceso que está determinando una conducta.

Así también la discriminación, la condena a los grupos marginales, la falta de educación, de oportunidad, determina una sociedad violenta, y de ella emergen seres capaces de violar y matar.

Para buscar la verdad, debe uno alejarse del conflicto, si se actúa el conflicto sólo descargará su emoción, pero se alejará de la verdad, que es el único camino para cambiar la realidad.

Están bien las marchas de condena a las injusticias, está bien que la sociedad manifieste su reclamo, su enojo, su condena o incluso su felicidad o su defensa a lo que considera un logro, o el gritar al mundo que no quiere más temer por su libertad. Toda manifestación de masa está bien y nos dice algo importante, pero nos habla de emociones, no constituye en sí misma ningún cambio estructural.

El hombre, en tanto es un ser social, puede hacer mucho más.

Puede advertir cuáles son los primeros signos de violencia en la familia, en el grupo social que lo contiene, en la escuela.

Puede modificar los mandatos colectivos tan sólo comenzando en su casa: la violencia tiene origen en el maltrato.

Un niño que creció con amor, que no vio a su padre golpear o maltratar a su madre, que no fue sometido por el alcohol o la droga, no será un violador ni un asesino, y si lo es no será por una irregularidad social.

Es la irregularidad social la que debemos tratar desde el núcleo básico de la familia.

Es también el Estado el que debe actuar, pero el Estado, el Gobierno, está conformado por personas emergentes de esa misma sociedad.

La Justicia está conformada por personas emergentes de esa misma sociedad.

En tanto, la sociedad no cambie, no cambiarán sus representantes.

La sociedad declinante tiene una Justicia laxa, y eso no tiene nada que ver con nuestro sistema penal garantista.

El juez que dejó libre al violador que asesinó y violó a Micaela, no se amparó en el garantismo, se amparó en su ausencia de sentido común, en su ausencia de compromiso social, en la simple estupidez humana.

La Justicia argentina es vulnerable, pero no por el sistema que la contiene, es vulnerable porque resignó su independencia, porque no es ajena a la condición colectiva de una sociedad que tiene que empezar a pensarse hacia adentro de cada uno de los individuos que la componen.

Deberíamos reflexionar con disposición a aceptar nuevas estructuras de pensamiento. Pararnos en la vereda de enfrente para mirar lo que hasta hoy sólo vimos de un lado.

Los conflictos, como todo en nuestra vida, tiene muchas formas de ser analizado; pongamos en duda criterios viejos, dogmas heredados.

Pongamos en duda nuestras propias sentencias.

Jiddu Krishnamurti (escritor), con gran precisión expone el funcionamiento sutil de la mente humana, decía en uno de sus imperdibles textos: “¿Es ese problema enorme del mundo suyo y mío, o es independiente de nosotros? ¿es la guerra independiente de uno? ¿es el conflicto nacional independiente de uno, el conflicto comunal es independiente de uno? La corrupción, la degradación, la desintegración moral, ¿son independiente de cada uno de nosotros? Esa desintegración está directamente relacionada con nosotros, por tanto, la responsabilidad es de cada uno. Sin duda, esa es la dificultad más grande, ¿verdad? O sea, para expresarlo de forma diferente, ¿debemos dejar el problema a los líderes, sean de derecha o de izquierdas, a una disciplina, a una ideología, a las Naciones Unidas, a un experto o especialista? ¿o es un problema que nos afecta directamente, lo cual significa, somos o no somos directamente responsables de estos problemas? Es evidente que esa es la dificultad, ¿no es cierto?”.

(*) Periodista- Ex Directora del Diario La Mañana de Victoria, Entre Ríos. Ex Concejal, ex Intendente de la ciudad de Victoria, Entre Ríos, y ex diputada nacional.