Sopa, silencio y látigos: la dura vida de las monjas en el convento

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El escándalo que provocó la denuncia sobre flagelaciones y el hallazgo de elementos de tortura en el monasterio que las Carmelitas Descalzas tienen en la localidad entrerriana de Nogoyá tuvo trascendencia internacional y mereció una categórica desmentida por parte de la Iglesia Católica. El arzobispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, cuestionó ayer que la Justicia haya actuado de oficio y advirtió sobre un eventual conflicto con el Vaticano, del que depende el monasterio.

Durante una conferencia, Puiggari expresó “la preocupación de la Nunciatura Apostólica (la representación diplomática del Vaticano) y de la Conferencia Episcopal Argentina porque hubo una especie de desproporción en el operativo judicial”. El prelado, además de quejarse por la rapidéz con que actuó la Justicia, fustigó las formas. “La superiora le dijo ‘denme un minuto para llamar al obispo’ y le rompieron la puerta. ¿Eso es negarse?”, se preguntó Puiggari.

En la madrugada del jueves, el fiscal Federico Uriburu llegó junto a la Policía hasta el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora de Carmelo, en la ciudad de Nogoyá. Lo hizo tras conocer una investigación del semanario Análisis que advertía sobre el uso de elementos de tortura y maltratos a varias monjas.

La Fiscalía corroboró la existencia de cilicios y fustas, que fueron secuestrados en el marco de una causa por privación ilegítima de libertad agravada. Pero Puiggari puso en duda que la Justicia ordinaria pueda investigar lo que sucede en el monasterio. “Existe un Concordato entre la Santa Sede y Argentina según el cual en los problemas internos de la Iglesia, la Iglesia reconoce el Código de Derecho Canónico para regirse”, sostuvo el obispo paranaense.

Y en su intento por negar las acusaciones, Puiggari enfatizó: “No son torturas, es disciplina, y los elementos (secuestrados) forman parte de la vida de las internas”.

El ingreso al lugar no está reservado a cualquier mujer: sólo se logra con la recomendación de un sacerdote y siendo mayor de edad. “No te admiten de inmediato, hay que cumplir una serie de pasos”, le confió a Clarín E.M, quien intentó sumarse a las Carmelitas Descalzas años atrás pero no lo consiguió. “Primero sos una aspirante y vas durante tres fines de semana, como si fuera un retiro espiritual”, recordó.

No se pronuncian palabras, lo poco que se dice se escribe. Y así se busca conocer las razones que llevan a una joven hasta ese lugar. “Podés ser postulante durante dos años, y más tarde pasás a ser novicia, otros dos años, el último paso antes de convertirte en monja”, recordó la mujer. Quien ingresa a la congregación hace votos de silencio, castidad y obediencia. “Las aspirantes están en otro sector del monasterio, apenas ven a las monjas”, precisó E.M. y contó qué es lo que se come. “Sirven sopa, tortilla de verdura y una fruta, siempre lo mismo. A veces hay algún dulce que preparan las monjas”, rememoró.

En la clausura, según el semanario Análisis, impera la austeridad. Cuando las monjas reciben a sus familiares, una vez al mes, los ven a través de una reja y con el control de una religiosa que escucha todo e informa a la superiora.

Para elaborar su informe el periodista Daniel Enz obtuvo testimonios de ex monjas, pero se negó a revelar el número “porque salieron a apretar a varias de ellas desde la Curia”, expresó mediante un mensaje de texto que envió a Clarín antes de declarar ayer ante el fiscal Uriburu. Por su parte el sacerdote entrerriano José Dumoulin sostuvo que “hace tiempo se venía hablando sobre el maltrato físico, y en especial psicológico, que había en ese monasterio”.

El religioso indicó que “eran comentarios en voz alta de curas que decían que pasaban cosas raras ahí adentro”. Y además recordó: “Hubo un cura, que ahora creo que está en Uruguay, que una vez logró sacar a una chica del monasterio después de una disputa con las monjas”.