Parricidio: el acusado tomó clases de tiro poco antes del crimen

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Leandro Acosta y Karen Klein (Foto: Diario Perfil).

Era un día de invierno cuando Leandro Acosta llegó al Tiro Club de Pilar. En una caja llevaba una Bersa Thunder 9 mm nueva. Estaba entusiasmado por aprender y tomó dos clases por semana. Al poco tiempo, con las correcciones e indicaciones que le hizo el instructor, le acertaba siempre a la figura de blanco a 25 metros de la línea de tiro. Dos meses después, su madre, Miryam Kowalczuk, y su padrastro, Ricardo Klein, fueron asesinados a balazos y sus cuerpos, descuartizados e incinerados. Acosta está preso, señalado como el autor de esos disparos.

También está detenida por el doble crimen su novia y hermanastra, Karen Klein, de 22 años. Los acusados son hermanastros. Sus padres eran pareja y tuvieron hijos mellizos, que tienen 11 años. Todos vivían en Sarratea 2726, en Del Viso, Pilar, donde ocurrió el parricidio.

En las últimas horas, el fiscal de San Isidro Eduardo Vaiani solicitó la prisión preventiva de ambos, acusados de homicidio agravado por el vínculo. Deberá resolverlo el juez de Garantías Nicolás Ceballos, según informaron calificadas fuentes judiciales al diario La Nación.

Vaiani advirtió en su dictamen que un elemento esencial para entender el doble crimen era el odio que Acosta y Klein hacia sus padres, de quienes tenían un «desapego emocional». La propia acusada se refirió al tema del arma de una forma muy especial en su indagatoria. Dijo que su hermanastro y novio «veía gente muerta, personas que no conocía, decía que eran como alucinaciones, que se estaba volviendo loco y que quería matar gente» y que eso lo llevó a hacerse atender en el Hospital Austral con una psiquiatra que empezó a medicarlo. «Lo que no entiendo es cómo, si estaba tan mal de la cabeza, le dieron el arma», declaró Klein.

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En los allanamientos tras el terrible hallazgo fueron secuestradas una escopeta y una Bersa Thunder como la que Acosta llevaba al Tiro Club. Él tenía las credenciales de legítimo usuario y de tenencia de la pistola emitidas por el Renar. También aparecieron en la casa del horror el hacha y el machete que el acusado compró en una ferretería del barrio antes del crimen.

A Acosta se le imputó que en «entre el 1° y el 13 del mes pasado, junto a quien resultaría ser su pareja, en circunstancias aún no establecidas, en el interior de la vivienda de Sarratea 2726, en la que residía todo el grupo familiar, provocó la muerte de su madre y de su padrastro. Luego se deshizo de los cuerpos descuartizándolos e incinerándolos, eliminando después todos los rastros de la escena del crimen».

«Ambos culpaban a las víctimas de diversas situaciones que han protagonizado durante el transcurso de sus vidas. En el caso de Klein, le adjudicaba a su padre la muerte de su madre, al sostener que la había dejado morir cuando sufrió una enfermedad. Acosta tenía «cierto recelo» respecto de su madre y atribuía como causa de su enfermedad -por la que recibía una pensión por discapacidad- a la acumulación de material en el predio que conforma la vivienda que compartían con las víctimas», afirmó Vaiani en el dictamen.

El parricidio fue descubierto el domingo 13 de septiembre. Un día antes, Raúl Klein, hermano de la víctima, denunció que la última vez que había visto a Ricardo había sido el 1° del mes «juntando cartón en la vía pública».
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Acosta explicaba que los hermanos y primos de Klein que su padrastro y su madre se habían de la casa familiar. Sostenía que los habían abandonado y que no sabían dónde estaban.

Hubo más testigos que aportaron datos; ante las distintas versiones sobre la desaparición de Kowalczuk, de 50 años, y Klein, de 54. A muchos les dijeron que se habían ido «de gira», quizás a gastar dinero en un bingo de Uruguay. Eso les habría dicho Acosta a sus medio hermanos mellizos, a quienes les repetía que se haría cargo de ellos y les daría las comodidades que sus padres no les daban.

Amigas y compañeras de trabajo de Klein resaltaron que la acusada actuó «normalmente» durante la presunta «desaparición» de sus padres, y que parecía que «no le importaba» en absoluto que no estuvieran. Ella dijo, en su indagatoria, que actuó así e hizo todo lo que hizo bajo amenaza de Acosta.

«En el plan delictivo, los imputados consideraron no sólo quitarles la vida a las víctimas sino que evaluaron la incineración de sus cuerpos para lograr la impunidad de sus actos», sostuvo el fiscal.

Pocos días después, se presentó en forma espontánea un cartonero y declaró como testigo que Acosta le e encargó que se deshiciera de 16 bolsas llenas de «basura y ratas», pero en realidad había desechos calcinados y huesos, que podrían ser humanos.